
¿Cómo puedes decir a dios a alguien con quien imaginas pasar tus días?
Esa pregunta se deleito con la pasividad de mis neuronas, luego de aquel ultimo y fugaz capitulo. No dijimos adiós, no dijimos nada que simule coherencia y dejamos en aquel bar dos vasos inundados de gritos que derramaste sobre infames sucesos.
Y ahora, ¿Qué se supone que deba hacer?...
No lo sabia, y por alguna razón no esperaba que alguien me lo dijera, pero hoy puedo ver que realmente necesitaba experimentarlo; siempre hay una primera vez.
Quimeras, durante varias noches tus imágenes, nuestros recuerdos, perturbaron mi memoria, mientras que en los días, cuando el vacío en mi pecho preguntaba por tu piel, volteaba buscando nuevamente tu mirada.
Esos momentos compartidos me acostumbraron a una ilusión, me sumergieron y luego no pude aceptar la imbatible realidad. Me gustaba pensar en que el amor es el choque de los extremos; que confundido estaba…
El tiempo y el silencio me permitieron mirar hacia atrás, ya no guardo preguntas y renuncie a mis lagrimas, pero solo lejos de tu reflejo pude encontrarle un sentido a esos escenario. Un proceso, una metamorfosis donde tus palabras, y tu rotunda negación por involucrarte en mi realidad, acecinaban a sangre fría los sentimientos y congelaban mi corazón.
Luego, deje de buscar culpables, de jugar a ser la victima o el victimario, de deambular entre contextos y palabras, entre excusas y reproches; de vivir ahogado en el pasado. Y comprendí, que a veces necesitamos de otras personas como espejo para que nos defina y nos diga quiénes somos; aunque por momentos nos negamos a mirar.
Lo reconozco, temía que tu sombra contuviera mi futuro, que lo moldeara, por eso me sorprendió ver que este duelo encontrase un final tan efímero.
Ahora, a pocos días de aquel bipolar episodio en el bar, deje de buscarte en mi cabeza, y puedo volver a sentir curiosidad por el incierto porvenir…
Todas las canciones tienen un final, pero eso no te impide disfrutar de la música.